García Márquez… el latinoamericano

¿Qué decir del escritor y el periodista, ahora, que se nos ha ido para siempre? ¿Cómo elegir las imágenes que representen en esta obligada ausencia, su presencia ininterrumpida? ¿Cómo buscar las palabras que nos permitan delinear, o siquiera atisbar, esa voracidad de imaginación, ese amor a los hombres en soledad, esa casi innecesaria alegría por saber qué se es?
Por Maria Paulinelli

¿Qué decir del escritor y el periodista, ahora, que se nos ha ido para siempre?
¿Cómo elegir las imágenes que representen en esta obligada ausencia, su presencia ininterrumpida?
¿Cómo buscar las palabras que nos permitan delinear, o siquiera atisbar, esa voracidad de imaginación, ese amor a los hombres en soledad, esa casi innecesaria alegría por saber qué se es?

Los caminos se abren, se bifurcan. Presentan recorridos ubicuos, increíbles.
Se inician y terminan en un espacio que vigoriza nuestros atisbos impensados, espontáneos.
Dibujan ese territorio de la referenciación y la imaginación.
Remiten a la falsedad de la impostura y a la evanescencia de la identidad.
Nos sumergen en Latinoamérica como el lugar desde donde había enunciado sus relatos sobre la particularidad de una manera de estar y de ser hombres.

El caleidoscopio

54684Quizás la imagen que representa más fielmente, la producción discursiva de García Márquez, sea la del caleidoscopio. Ese desenfreno de posibles que se arman desde innumerables formas y colores. Posibles que resultan de giros, de miradas, de casualidades. Se conforman y desaparecen, para quizás no volver a armarse de nuevo nunca más.

Estos posibles que remiten a mundos que ya existen en la referenciación de sucesos acontecidos y que también arman nuevos mundos desde la imaginación y la creatividad.

Estos posibles que admiten su condición de tales –de posibles– en la permanencia de los relatos que se transforman en cada nueva escucha, en cada próxima lectura, en cada inmediata proyección. García Márquez remeda estos posibles. No sólo en la variedad de estructuras discursivas que asumen sus relatos, sino en el carácter ontológico de los mundos que refieren: reales o inventados. Desde la literatura ficcional como el espacio para crear nuevas realidades. Desde el periodismo para documentar los acontecimientos de un mundo que ya existe. Ambos desde el oficio más viejo conocido: la narración de historias.

Lo importante es que estos posibles, bordean obsesivamente un terreno ocupado por Latinoamérica y que al hacerlo, explican la complejidad, más aún la mixtura de estos mundos inventados y referenciados. De allí que necesitemos hablar de Latinoamérica para explicar las fusiones, los aglutinamientos, las identificaciones entre el García Márquez periodista y el García Márquez escritor que definen al García Márquez latinoamericano.

De identidades latinoamericanas

315643La identidad es lo que nos muestra, nos representa, nos expresa. Pero también es lo que nos diferencia de los otros. Expansión y límite. Avance y retroceso. Movimiento de exclusión y de inclusión. La apelación a la homogeneidad en esa identificación con los iguales y también, la apelación a la diferencia en ese mirarse a sí mismo desde el otro. De allí la alteridad. Las implicancias que adquiere la otredad. Somos en cuanto sabemos que somos lo que no somos. Somos en cuanto sabemos lo que somos. Todo a través de procesos, de un dinamismo que nos configura y nos define. Como mirada de sí y como imagen mediante la cual queremos ser reconocidos. La identidad es algo que se construye y reconstruye en los intercambios sociales. Es una relación con el otro. De allí la importancia de los relatos que conforman la realidad social porque nos muestran, nos representan, nos simbolizan y metaforizan esa forma particular de estar en el mundo, de constituir un mundo.

Latinoamérica ha diseñado esta forma particular de estar en el mundo. Lentamente. Conflictivamente. A través de los tiempos. A pesar de los cubrimientos y los descubrimientos, de las conquistas y las dominaciones, de los logros y las frustraciones, de las tristezas y de las alegrías, de los olvidos y las rememoraciones.

García Márquez sabía de todo esto. Reconocía la solidez evanescente de estas particularidades.

3213651Sabía de la otredad por cuanto somos diferentes a los unos. Esos unos –el mundo occidental– que durante siglos “cubrieron” y aún pretenden cubrir los espacios colonizados. Sabía de la heterogeneidad por cuanto estamos hechos de múltiples consistencias de razas, de lenguas, de creencias, de representaciones. Sabía de la hibridez por cuanto accedemos a la libertad de respetar las distintas multiplicidades que nos conforman y coexistimos en diferentes tiempos, en distintas sociedades, en disímiles proyectos.

Sabía, pensaba a la cultura –como alguien explicó alguna vez– como un escenario de guerra simbólica donde los sentidos disputan territorios, pero también como un espacio de mediación y traducción donde los sentidos dialogan diferencias. De allí la formulación de una práctica de la cultura –que él concebía y permanece todavía en sus palabras– como crisis de un sentido único

Una práctica, a su vez, del imperio de los sentidos
y de su diversidad constitutiva.
Una práctica, pues, esencialmente latinoamericana.

La ficción

Y es porque sabía todo eso que García Márquez construyó narrativamente Macondo. Un espacio que condensa la identidad y que multiplica las posibles otredades. Un espacio de paradojas, de contradicciones con historias que se narran mientras se revisan las mismas historias ya narradas. Secuencias de acciones que resultan secuencias de relatos ya contados. Allí, en Macondo, nada sucede porque ya todo ha sucedido. García Márquez manifiesta su extrañeza ante la vida cotidiana y expresa simultáneamente su pertenencia al mundo de los sueños y utopías.

321365432Particulariza una historia –la de los distintos protagonistas de los distintos relatos– pero generaliza estas historias al atribuirlas a una estirpe. Esa estirpe de los Buendía, que es la estirpe de los hombres latinoamericanos. Temporaliza esos cien años donde se producen revoluciones, dinastías de caudillos, procesos políticos variados. Eterniza, al mismo tiempo, la condición humana en esa condena a la soledad de los protagonistas.

Tiempo y distancia han difuminado el pueblo de Macondo. Su ubicación geográfica, la cronología de sus acontecimientos, las posibles estadísticas y datos delimitan una borrosa realidad.

¿Dónde y cuándo fue Macondo? Hace mucho y todavía. En un lugar que es todos y cada uno de los rincones de la América devastada, condenada, solitaria.

Los temas son comunes a todos los relatos: el amor, el odio, la violencia, la espera, el poder, la desconfianza, el engaño, la muerte, la culpa, la mentira, todo lo que confiere vida. Distintas versiones los particularizan, los entrecruzan, los completan, los disgregan, los incrementan. De allí que las historias no se expanden horizontalmente, sino que verticalmente profundizan ese mito que resulta de contar compulsivamente una y otra vez, lo que sucede y ya ha sucedido en ese pueblo, inubicable, pero cierto.

Una realidad donde coexisten lo real y lo maravilloso. Coexistencia que genera el Macondismo, esa narrativa de la Modernidad en Latinoamérica que –como lo explica José Joaquín Brunner– es una forma de manifestar lo misterioso o mágico real, su esencia innombrable por la categorías de la razón.

Una estrategia destinada a mostrar nuestra diferencia esencial que no es una modernidad distinta sino un específico sentimiento de rechazo, malestar y desajuste frente a la modernidad europea. Una narrativa –completamos nosotros– que justifica nuestros fracasos e imposibilidades por esa materia maravillosa de la que estamos hechos y de la cual Macondo es el espacio tiempo que mejor lorepresenta. Un espacio tiempo mítico. El del hombre y las sociedades latinoamericanas. Por eso la política es como el vaho que envuelve los relatos que explicitan historias, pero que implícitamente se proponen revisar la Historia Latinoamericana hecha de dictadores, revoluciones y luchas cotidianas. También de esperanzas y desesperanzas. Es que la estirpe de los Buendía es la estirpe de Latinoamérica como proyecto y como resolución de vida, como posibilidad y como negación, como encuentro y soledad, como utopía y frustración.

Cien años de acontecimientos generan esa posible saga de Macondo que comienza con el Coronel Aureliano Buendía hasta que el último de los Buendía se suicida. Adentro en la magia de lo cotidiano y en la factibilidad de los sueños emerge el rostro de Latinoamérica. Un rostro desde la fracturación de los acontecimientos, desde la simultaneidad de tiempos diferentes, desde la coincidencia de creencias con la gratuidad de la sorpresa. Eso es el Realismo Mágico: lo real del mundo latinoamericano vislumbrado desde lo inesperado, lo inexplicable, lo inaudito que significa la realidad vivida, sentida y expresada.

Todo eso y mucho más, narra la ficción de García Márquez.

La referenciación

Mostrar Latinoamérica. Escribirla. Representarla.

Pero también poder documentarla. Cronicarla. Referenciarla desde el periodismo. García Márquez practica ese oficio quizás antes que la escritura de ficciones. Y… de nuevo paradojas. Reconoce que lo real también supone espacios donde la comprensión es excedida por la lógica de lo inexplicable. Que es necesario agotar las posibilidades de referenciación y superar la inefable objetividad de la información. Por eso, conceptualiza alguna vez, que la crónica es la novela de la realidad.

Y en esa paradoja –novela/crónica– de construcción de la realidad discursiva desde la noticia, el reportaje, busca, selecciona, remite, crea las estrategias discursivas que le posibilitan referenciar lo real de los acontecimientos. Reconoce el protagonismo que debe tener el periodista. El uso de una exhaustiva documentación. La existencia de distintas posibles verdades y la pérdida irremediable de una única verdad sobre el mundo y sus acontecimientos. La inexcusable necesidad de construir la información desde la investigación responsable, desde el trabajo comprometido. En definitiva, un periodista diferente para un tiempo y un lugar diferente: una contemporaneidad  desde Latinoamérica.
Ahora bien, esa práctica excede su producción personal y lo compromete en la Fundación Nuevo Periodismo. Una práctica que se expande y convoca a los periodistas de toda esta parte del mundo. Una práctica que supone la reflexión sobre las posibilidades de hacer periodismo en y desde América Latina.

Una práctica –agregamos nosotros– que pretende un periodismo que proponga lectores inteligentes, precavidos, inquisidores, infatigables. Ajenos a la repetición monocorde y necesitados de conocimiento propio sobre el mundo que conforman. Sujetos pensantes y conscientes de habitar una realidad propia, heterogénea, diferente, otra. Ficciones y crónicas. Todas posibles formas de representación del mundo. La creación y la búsqueda de versiones propias, diferentes proponen imaginar permanentemente el mundo en que vivimos ¿Será la posibilidad que tenemos los latinoamericanos de construir nuestro espacio? ¿Será la imaginación esa posibilidad al no dejar acostumbrarnos a lo que somos y exigir inventarnos cada día para ser más latinoamericanos? García Márquez confunde en sus relatos todo eso. Es el narrador de todo eso.

Esas historias de los narradores en la simple referenciación del mundo o en la construcción desenfrenada de otros mundos, que permiten seguir siendo desde la incompletud de los sueños.


Por Maria Paulinelli
Licenciada en Letras. Ensayista y crítica. Docente de la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba (ECI-UNC)