Hasta siempre Maestro

Hay libros que no fueron. Hay libros que todavía no han sido pero están a disposición y esperanza, dependiendo de condiciones materiales o institucionales todavía posibles y deseables. En esta última categoría está el libro que soñó Sarlanga, el viejo maestro del diseño y el diagrama periodístico que nos dejó el 27 de septiembre.
Por Luis Reinaudi

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Hay libros que no fueron; que quedaron in pectore de sus autores, editores o inspiradores. Hay libros que todavía no han sido pero están a disposición y esperanza, dependiendo de condiciones materiales y decisiones personales o institucionales todavía posibles y deseables. En esta última categoría está el libro que soñó Sarlanga, el viejo maestro del diseño y el diagrama periodístico que nos dejó ayer nomás, el 27 de septiembre.

Murió en la suya, cumpliendo una vieja promesa: “Me moriré en la mía, nunca voy a utilizar una computadora”. La frase no constituía soberbia ni atraso; apenas convicción e identidad. Ciertamente respetó a muchos diseñadores aggiornados al uso de herramientas tecnológicas que le eran ajenas. Simplemente, ingresar a ese mundo habría sido, para él, diluirse en un mar extraño y abandonar su propio e inigualado talento que volcaba, jerarquizaba y significaba textos, títulos e ilustraciones con sus viejas y eternas armas: papel y lápiz o sus sucedáneos de tintas llevar.

Murió también sin ver el libro que a lo largo de meses/ años fue elaborando con Omar Hefling, el poeta-periodista que rescató y difundió aquella frase. Mezcla rara de autobiografía, anecdotario y antología referencial inconclusa por inagotable, sé que andan por allí los originales de ambas plumas en connubio con una selección de textos cuya variopinta autoría debe revelar la omnívora capacidad de relaciones que acumuló en casi 70 años de trabajo activo.

Cuando me conminó por última vez a entregar mi propio texto, ya entonces ignominiosamente demorado, con su apercibimiento ritual (“Mirá que no vas a salir en mi libro”), reiteró también su condicionamiento: “No irás a poner lo de atleta sexual; yo quiero que contés mi anécdota con tu viejo”.
Lo cierto es que cumplí a medias, como se verá; y no lo es menos que omití una anécdota particularmente entrañable, seguramente por no atreverme, entonces, a invadir un ámbito de intimidad que preservó por mucho tiempo. Cuando vino a Córdoba, allá por 1978, dejó quemada su flota en Buenos Aires y partió casi con lo puesto, lo que incluyó su invalorable biblio-pinacoteca y la compañía de la bella y joven Silvia, fulgurante sol mendocino que iluminó el exilio de su medio siglo.

Demasiado breve fue el cuento. Silvia murió tras breve e injusta dolencia, y por mucho tiempo la urna con sus cenizas ocupó un lugar en la habitación de Sarlanga. Padeció por ello incomprensiones múltiples y hasta asumió que una obstinación tal implicara un condicionamiento para futuras relaciones personales. Recién se supo que en realidad era su último testimonio de amor cuando tiempo después, al encontrar en simultáneo los medios materiales y el tiempo necesario, y en contra de las advertencias y prohibiciones más severas, se internó, desafiando al viento, en un proceloso, helado y encrespado mar, allá en Claromecó, para esparcir en el agua ese polvo que devotamente había preservado en cumplimiento de una promesa, con romanticismo digno de épocas más propicias.

Sirva este infidente homenaje como introducción a otra posible infracción. Si finalmente el libro no llega a editarse, difundo al menos lo que perpetré a su pedido. Si, por el contrario, manos generosas no permiten que el proyecto se diluya para siempre, sabrán perdonar que su parte menos valiosa se haya anticipado en estas páginas editadas por la que fue su casa por más de 30 años: el Cispren.
El texto que sigue es el que entregué a Sarlanga, “en manos propias”, para aquella idea.


“Con permiso…”

“Boyé, Corcuera, Sarlanga, Varela y Sánchez, estaban en la otra foto. Digo la otra porque en la que a mí me gustaba estaban Muñoz, Gallo, Pedernera, Labruna y Loustau (vaya a saber por qué no estaba el charro Moreno en esa toma). Era un ejemplar de «El Gráfico» que había llegado a mis manos – de fuente ignota–, con 10 años de atraso. Cuando en 1955 yo recitaba Vernazza, Prado, Walter Gómez, Labruna y Loustau y disfrutaba de mi tercer River Campeón en pocos años de uso de razón y memoria futboleras, el hallazgo de aquel Gráfico de fin de campeonato con La Máquina en la tapa y la otra foto adentro me ratificó en mis convicciones millonarias (nadie se atrevía a llamarnos gallinas, por entonces) pero, a la vez, me insufló una suerte de curiosidad por los otros, y cierta vanidad al exhibir la información que los otros no tenían («¿Cómo formaba Boca en el ’45?»).

Sumado a ello, estaba el Coco Cortés, mi introductor en temas vitales como el tango y el fútbol, que logró hacerme hincha de Rivero, Leonel Edmundo, pero no –jamás– de Boca, aunque siempre me puso como modelo de futbolista a Jaime Sarlanga.

¿Cómo vino, veintitantos años después, a instalarse de nuevo en mi entorno ese apellido? «Mirá, Flaco; ahí te mandamos un gomía exiliado, un diagramador excepcional, un amigo peligroso», dijo en el teléfono la inconfundible voz del Ronco Coronatto desde el porteño diario Clarín. «Es una especie de Charles Bronson en miniatura, un atleta sexual, y un amigo…».

Era en el ’78; cuando el gringo Astori le compró a don José W. Agusti el viejo Diario Córdoba. En la entrañable cueva de avenida General Paz 410 demoré en identificar al objeto de la recomendación cuando apareció un tal Eduardo Williams Hermes Ruccio, luego reasumido en su nombre esencial: Sarlanga. Supimos entonces de sus antecedentes ilustres (el diseño de la revista Crisis, el trabajo de diagramador en lo más granado del diarismo porteño) y de su presente invasor de dibujante, seductor, cocinero vocacional, exquisito gourmand y anfitrión abusivo.

Más adelante, y cuando ya lo habíamos adoptado como cordobés naturalizado, me llegaron de diversas fuentes –Pepe Quintana Barroetaveña en los patios de la cárcel de La Plata, el mismísimo Eduardo Galeano, que no pisa Córdoba si no es para visitarlo y, por supuesto, Vicente Zito Lema– referencias de admiración y cariño confirmatorias de su estirpe.

No fue sino después que él, a su vez, me reconoció por portación de apellido. En algún siglo de la prehistoria, cuando era un casi niño que comenzaba su paso por las redacciones, lo sorprendió al ingresar a Noticias Gráficas que la redacción estuviera presidida por un retrato de gran tamaño «que no era de San Martín, Belgrano o Sarmiento, como se usaba», cuenta. Preguntó quién era y Enrique Barcia le explicó, con una suerte de respeto reverencial, que era «un gran periodista, el que nos enseñó a todos nosotros». Resultó ser mi padre, y el apellido le quedó resonando hasta que, algunas décadas después, nos encontramos y me hizo depositario de la entrañable anécdota.

No es la única que atesoro, desde luego; pero las otras –las que definen por lo menos su forma exterior, su picardía y rapidez– me han sido prohibidas por su coquetería o han sido usadas ya por otros biógrafos de los que pueblan estas páginas. Sólo me tienta repetir una porque pinta su maldad esencial: es aquella que protagonizó con un colega diagramador a quien molestaba que mentasen su color oscuro. Eran las mesas de diagramación de La Voz del Interior y al morocho vergonzante de marras se le derramó la tinta china, dejando un charco retinto en el piso. Sarlanga miró de reojo y preguntó: «¿Qué pasó? ¿Te cortaste?».

Por esas maldades; por algunos tangos cantados a la madrugada, por sus tallarines caseros, por ciertos entrañables dibujos, por las personas cuyo cariño compartimos y ya no están, por la historia común y por la que falta, quiero invadir este espacio en su libro”.


Por Luis Reinaudi