¿TRABAJO, EMPLEO, OCUPACIÓN? Precisiones conceptuales y socio-históricas

Comprender qué es el trabajo y el empleo y, a partir de allí, reflexionar sobre algunas de las situaciones actuales que exponen a los trabajadores en su conjunto a una ‘precariedad vital’ que deben resistir y confrontar, permite abrir el panorama para discutir sobre las condiciones actuales y las categorías que debemos recuperar.
Por Patricia Alejandra Collado

No es casual que encontremos personas que afirmen que cada vez hay menos ‘trabajo’; podemos escuchar a otros sostener que cada vez hay menos ‘trabajadores’, y ciertamente un grupo importante de la población ‘ocupada’ puede expresar que no se ve a sí misma como ‘trabajador’.
Desde algunos costados del mismo ring estarán los que propugnan que lo que se ha terminado es el trabajo calificado mientras, en contrario, hay quienes referirán que sólo hay trabajadores de cuello blanco (empleados de comercio y servicios) y que desaparecieron los obreros.

Cada una de estas afirmaciones resulta válida desde la percepción del hablante, pero también equivocadas desde la perspectiva que sostendremos aquí. En primer lugar el trabajo no es empleo. Trabajo es una actividad que abarca mucho más que el empleo, tanto a lo largo de la historia de la humanidad como en diferentes espacios sociales, es una actividad que hace el hombre como tal para proveer su subsistencia. Así que desde tiempo inmemorial los hombres y mujeres trabajamos para poder vivir. Para hacerlo eficazmente debemos relacionarnos con otros hombres y mujeres y, por lo menos en principio, arrancar de la naturaleza y de nuestras propias fuerzas físicas los bienes que nos permiten, mantenernos: comer, vestir, guarecernos y reproducirnos. Desde que caminamos en este planeta todos nosotros trabajamos.

Dicho esto podemos también sostener que el trabajo ha cambiado con la historia. Hubo momentos en que todo lo producido para vivir era compartido comunitariamente (como en los milenios que duró el comunismo primitivo o en algunas de las sociedades originarias de América, para poner dos ejemplos); tiempos en los que unos hombres y mujeres fueron ‘herramientas parlantes’ de otros hombres el esclavismo del Imperio Romano); tiempos de servidumbre hacia un amo de quien dependía la vida, la reproducción y la muerte (como en el feudalismo europeo); tiempos en que se necesitó toda una fuerza sobrehumana para sacar el oro de América(con trabajos como la mita, la servidumbre y la encomienda). Todos los modos mencionados configuraron tipos de ‘trabajo’ en un momento específico, es decir formas sociales e históricas de proveer la subsistencia. Algunas, basta con nombrarlas para intuir que fueron ‘letales’ para la misma sobrevivencia humana.

Antonio Berni. (1905-1981) Berni fue un pintor argentino preocupado por la cuestión social. Son conocidos sus personajes Ramona Montiel y Juanito Laguna. Berni sostenía que “El artista está obligado a vivir con los ojos abiertos y en ese momento (década del 30) la dictadura, la desocupación, la miseria, las huelgas, las luchas obreras, el hambre, las ollas populares crearon una tremenda realidad que rompían los ojos.”

Antonio Berni. (1905-1981). Berni fue un pintor argentino preocupado por la cuestión social. Son conocidos sus personajes Ramona Montiel y Juanito Laguna. Berni sostenía que “El artista está obligado a vivir con los ojos abiertos y en ese momento (década del 30) la dictadura, la desocupación, la miseria, las huelgas, las luchas obreras, el hambre, las ollas populares crearon una tremenda realidad que rompían los ojos.”

El empleo como modo de organización capitalista

El modo dominante hoy es el empleo. Es la forma ‘típicamente’ capitalista de organización social. El empleo asalariado precisa de un mercado donde las personas concurren a ‘ofrecer’ su trabajo y otras ‘demandan’ trabajadores para cubrir puestos. Pero esto que parece tan natural para nosotros, supone dos cuestiones de importancia estructural.

Primero, que exista un grupo amplio de población que no tenga nada. Éste no será propietario de tierras, herramientas, materiales, o recursos y lo único que tendrá para poder vivir será la ‘venta’ de su fuerza de trabajo. En la vereda contraria, aparecen los ‘dueños’: grupos de propietarios de medios de producción (de la tierra, el agua, las herramientas) que necesitan de esa fuerza de trabajo para mover sus respectivas actividades económicas.

Para que esto se diera en la historia de la humanidad existió un gran despojo. Pensemos lo siguiente, los hombres aparecen en los albores de la historia sin diferenciaciones ¿cómo es que unos se apoderan de los recursos y exponen a la muerte a la mayoría de la población, es decir la dejan sin nada, la convierten en ‘proletariado’(1)? La ocupación de nuestro continente es una excelente pista para evaluar lo sucedido. Sólo con el robo de tierras, el genocidio y la imposición de la propiedad privada (acompañada de la dominación racial, cultural, ideológica y de género, por supuesto), se logró imponer semejante orden socio-económico.

Parados en esta realidad podemos afirmar que no somos ‘libres’ para tomar el empleo que nos venga en gana sino que ¡no tenemos otra alternativa para nuestro sostenimiento que ‘emplearnos’ en lo que sea! De esta desigualdad de base parte el dominio y la posición de poder de quienes nos ‘ofrecen’ un empleo.

Ahora, los trabajadores de ayer y de hoy no han aceptado semejante imposición sin luchar, sin rebelarse. Una de las cuestiones más importantes a tener en cuenta es que el capitalismo impone una relación social, pero los trabajadores no son pasivas marionetas. Lo que hoy conocemos, por ejemplo como ‘derechos laborales’, ‘derechos sociales’ y organizaciones de representación de los trabajadores (gremios, mutualesy sindicatos) por ejemplo, han sido y son conquistas de éstos dadas al interior de esa desigual relación que les es impuesta y que el capital trata de desequilibrar todo el tiempo a su favor.

Productividad vs. salario

Cada vez hay más trabajadores, más gente que necesita un empleo para vivir porque cada vez hay menos tierra en sus manos, menos recursos como el agua o menos herramientas para sostenerse de otro modo que no sea éste, el ‘impuesto’.

Paralelamente, los ‘capitalistas’ pronto se dieron cuenta que efectivamente lo que compraban en el mercado era la amplia capacidad de los trabajadores para producir cosas, construir bienes, prestar múltiples servicios. No contrataban un producto sino el tiempo y la fuerza de los trabajadores para utilizarlos – durante una jornada de trabajo– en todos los sentidos posibles. Fuerza física, intelectual y emocional, capacidad motora, mental, de comunicación y relacionamiento al servicio de la producción de mercancías (de su distribución, circulación y consumo también). Con el correr del perfeccionamiento del management empresarial (2) las tecnologías para hacer que la capacidad de los trabajadores sea puesta en acto productivo han sido inmensas.

Pondremos un ejemplo actual. Una empresa paga a un informático para realizar un programa. Si bien al trabajador se le paga un salario que podemos considerar ‘alto’, su programa reporta inúmeras ganancias a la empresa que, por ejemplo, aplicará el mismo para evaluar la calidad del trabajo de los operadores de call center de toda Sudamérica. El trabajador tuvo que vender su capacidad intelectual y lógica (entre otras), cosificó el lenguaje (lo volvió lenguaje binario) con ello mejoró la productividad de él y de otros cientos de trabajadores por lo cual aumentó mucho más la ganancias de la empresa, por el mismo salario.

Al traducir el lenguaje humano al lenguaje de máquinas el trabajador se hizo él mismo intercambiable: cualquiera puede utilizar su producto (el programa) y aplicarlo, sin precisar de su persona. Por otra parte, gracias a la tecnología, su productividad fue mayor pero se ha hecho invisible: pareciera que la obra no se relaciona con su hacedor, todo ha sido realizado por la aplicación concreta de un ‘programa’ de computación.

Desde que las máquinas aparecieron –como parte del desarrollo del capital– han perfeccionado la productividad de los trabajadores. Lograron que se hicieran más productos en menos tiempo, con mayor rapidez en la ejecución, diversificación en lo producido, y simplificación de la intervención de los trabajadores con el fin de hacer su labor fácilmente ‘aprendible’ por otros trabajadores, entre otras muchas innovaciones. Esto no es malo en sí sino que no es usado socialmente para tener una sociedad más justa libre e igualitaria, sino que sus mejoras impactan en el desarrollo acumulación, centralización y concentración del capital. Brevemente dicho: los logros sociales del avance tecnológico sólo son disfrutados por una mínima porción de población.

Otro de los impactos de la revolución tecnológica ha sido la deslocalización de la producción en diferentes partes del globo. La revolución en las comunicaciones, en el transporte y en los materiales ha realizado una verdadera transformación en las formas productivas y de consumo cuyos artífices han sido y son (siempre) los trabajadores.

Esta deslocalización-reterrito-rialización productiva es la que produce el efecto de ‘invisibilidad’ del trabajo humano. Es decir que los componentes para hacer un celular, desde su materia prima, hasta su diseño, armado y packaging, pueden ser resueltas en diferentes espacios sociales en las más disímiles locaciones: China, Malasia, México, Europa y Suramérica, pero todas son empalmadas en un mismo proceso de producción y vendidas a… todo el que tenga capacidad de compra. Por ello ya no hay grandes fábricas que agrupen inmensas masas de asalariados sino pequeñas partes del proceso que se van trasladando allí donde la fuerza de lucha y resistencia de los trabajadores sea más débil, esté más desorganizada o no exista como oposición al desarrollo del capital. O, mirada desde la disposición de materias primas, allí donde se encuentren mejores ventajas para explotar la naturaleza o arrebatar sus frutos.

Trabajadores sin empleo 

Con todo esto podemos decir que ‘el trabajo’ se ha diversificado tanto como los productos y las cuantiosas mercancías que de él derivan. Y que los trabajadores cada vez deben poner más de sí para realizarlo. Sus obras se cuentan por miles y se conectan mundialmente. Por ello en muchos casos parece que el ‘trabajador’ desaparece. Otro de los efectos del rendimiento mayor de cada trabajador es que progresivamente menos personas trabajan más y con mayor intensidad. Esto hace que muchos queden ‘sin empleo’. La medida de la productividad de unos trabajadores es la vara con la que el capital expulsa a otros al pauperismo.

Así cada vez que aumenta la productividad del trabajo (los y las trabajadoras) hay mayor población ‘sobrante’ para los capitalistas, es decir más gente que no consigue empleo y que debe vivir de programas del Estado o de la caridad. No es entonces el escaso desarrollo del capitalismo lo que lleva a vastos sectores de la población a la marginalidad sino el perfeccionamiento de su maquinaria.
Empero tal es la importancia de los trabajadores que el capital no puede subsistir sin ellos. No sólo precisa de su fuerza para motorizar la producción, de la intervención humana para generar valor, sino que también los necesita como consumidores para poder colocar sus productos.

Entonces si el mercado está saturado, se imponen las modas, los cambios de temporada, las transformaciones de estilo, la fecha de vencimiento. Para asegurar esto y por normas de calidad total, se cambia la vida útil de los bienes los cuales son confeccionados con fecha de caducidad para asegurar su reposición o son manipulados para que los mismos sean inutilizables: ¡¡¡quién no recuerda la heladera Siam de la abuela que duró 50 años!!! frente el freezer actual, que a no dudarlo, caducará en breves meses. Sin mencionar la manipulación de los alimentos, otra secuela de la revolución biogenética cuyas consecuencias aún no somos capaces de atisbar.

Esto nos sirve para mostrar un perfil de nuestro rol como consumidores, pero también debemos considerar la formación a la que asistimos como tales. Desde la más tierna infancia somos preparados para producir tanto como para consumir. Las tecnologías y los medios de comunicación colaboran en gran medida a socializarnos en las múltiples necesidades creadas en función del consumo. Para poder hacerlo empeñamos nuestros salarios al crédito de modo tal que nuestra ligazón al empleo se vuelve una cadena de hierro: como la mayoría del salario está ya consumida a futuro debemos aceptar cualquier condición de trabajo con tal de seguir en el puesto, aún cuando las exigencias se hagan más intensas, más extorsivas e invasivas. El salario va a cuenta de las mercancías ya consumidas o por consumir.

La impronta del capital como hemos visto no se detiene en la producción, distribución y consumo sino que su voracidad abarca áreas nuevas que antes estaban ajenas a su órbita. A la diversidad y deslocalización mencionadas debemos sumarle la mercantilización de áreas como la salud, la educación y otros bienes como por ejemplo la diversidad biológica y la singularidad genética que se vuelven mercancía. Entonces la naturaleza completa se torna ‘capital’ y nosotros mismos ‘capital humano’. Contrariamente a lo que se piensa tal proceso no nos valoriza como personas, no otorga ‘valor’ al lugar donde vivimos sino que pone precio a nuestra vida biológica y social como una ‘cosa’ que puede ser intercambiada en el mercado y ofertada al mejor postor.

Brevemente, queremos significar que hay muchos modos en que el capital toma posesión de nuestra vida como si fuéramos mercancía. Una de ellas es en tanto trabajadores, otra como consumidores y otra como material biológico y genético. Es importante resistir a esta impronta de múltiples maneras. En las formas clásicas, luchando por mejores condiciones laborales, contra la precariedad laboral y por nuestro salario. Pero un programa que se agota en estos temas no deja de mirar la realidad parcialmente. El consumismo, la carrera por volvernos más productivos, el arrebato de nuestro tiempo libre en función de las necesidades del mercado, la expoliación de nuestro entorno natural (los llamados bienes comunes y bienes públicos) son otros tantos modos de expropiación que debemos asumir y confrontar por nuestra condición de proletarios, es decir, de trabajadores.

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Por Patricia Alejandra Collado
Socióloga docente de la UNCuyo, investigadora CONICET-INCIHUSA. Especialista en Estudios del Trabajo y Conflicto Social.
(1) Es interesante recordar el significado, proletario -proletarii- es aquel que no tiene nada sino a su prole (hijos) para hacer frente a su destino. En estricto sentido de la palabra, el capitalismo no ha hecho más que convertirse en una máquina de generación de proletarios.
(2) La palabra management, entre otras acepciones discutidas proviene según H. Braverman de las formas de docilización que tenían los domadores hacia los caballos. Es bueno recordarlo para entender los modos actuales distintivos y asociados a la calidad que nos proponen los cursos y orientaciones ‘manageriales’.